Si hay un tema que siempre me ha intrigado, es el de los choques culturales, en parte por mi afición a aprender lenguas, literaturas y culturas extranjeras y mi pasión por viajar. De dónde me salió el interés, no tengo ni la menor puta idea, porque no tengo ningún pasado romántico reciente como algunos pinches colegas míos mamones que se regodean en sus abuelos españoles exiliados de la República, sus abuelitas italianas, sus bisabuelos nazis, etc. A lo más que llego, es a mis antepasados de dudosa reputación que llegan al Nuevo Reyno de León y a la Provincia de Tejas en los siglos XVIII y XIX cuya composición racial o cultural solo puedo adivinar por la apariencia física de mi prole, algunas aficiones / supersticiones religiosas y no más.
En fin, ayer por la tarde, salimos con una vieja amiga de Canadá que lleva viviendo 11 meses en Monterrey y que próximamente regresará a Vancouver, donde hace ya varios años yo pasé una temporada en su casa como estudiante de intercambio. Como ya le está pegando la nostalgia y está fastidiada de sus roomies y su espantoso lugar de trabajo, parece ser que cada vez detesta más México, empezando por el calor, e incluso parece no querer ya más, inconscientemente, tener una conversación larga en español. Ayer que caminábamos por la plaza de La Purísima y luego que fuimos a Santa Lucía, se estaba asfixiando por la temperatura (a lo cual no ayudaba en nada su sobrepeso) y no paraba de quejarse de la humedad y el Sol. Bueno, H. y yo, lógicamente, adaptados por los años de vivir aquí y la genética, pensábamos que era una tarde exquisita.
Tampoco estaba muy cómoda porque, como es de raza negra, según ella la gente no dejaba de quedársele viendo en algunos lugares. La verdad yo no noté nada, pero a sabiendas del tipo de gente que se anda paseando por los sitios mencionados, no me extrañaría que en uno u otro caso así fuera. Además, digamos que no estamos en ciertas regiones de Oaxaca, Veracruz, Tabasco o las profundidades de Coahuila como para estar acostumbrados a ver personas de raza negra. Digo, en esta ciudad viven chinos, coreanos, gringos, franceses, alemanes e italianos, pero ¿negros? casi no hay. A pesar de sus 10 meses aquí, que se suman a una anterior estancia de 6 meses en Xalapa, y sus estudios en antropología y latin american studies, los racial remarks de los mexicanos siguen pareciéndole horrorosos: en la misma caminata, la más pequeña de una familia que andaba paseando, se desató corriendo como idiota a lo que el padre gritó "¡ven para acá, Negra!". Mi amiga, indignada, exclama: "¡Le dijo negra!". Y pensé en las miles de veces que sin intención de ofensa alguna sino de camaradería, cariño o simples ganas de divertirse jodiendo al otro, la gente en México nos decimos negro, chino, prieto, carapálida, ricitos de oro, rarotonga, gordo, flaca, cabrón, etc. Si bien somos un país racial y clasistamente divididos, a gran profundidad, parece que dichas divisiones realmente nunca nos han acomplejado lo suficiente como para andar por aquí y por allá con quejitas pendejas. O al menos, mis compañeros de origen chino o italiano de la secundaria jamás fueron a llorar un rincón ante insultos como chino chino japonés come caca y no me des y/o cara de pizza, giovannini da merda, etc. Al contrario, respondían con algo peor y/o se agarraban a putazos con el respectivo y a la hora siguiente todos a seguir la vida como si nada sin demandas ni Human Rights Act de por medio.
Casi 500 años de interacción interétnica nos dejaron así, y para estos pobres estudiantes de los países desarrollados, pasar del lejanísimo espacio teórico de sus aulas universitarias de Latin American Studies o los Departments of Spanish and Portuguese a la realidad latinoamericana de carne, hueso y ropa pegada al cuerpo por el sudor, es una experiencia traumática tras la cual prefieren en muchos casos regresar a sus ciudades universitarias en Norteamérica a continuar contemplando el lado sur del Hemisferio "de lejecitos".
Es muy evidente, además, que no radican en ciudades como Chicago, New York, Los Ángeles, Houston, entre otros lugares, donde la interacción racial y sus respectivas tensiones y resentimientos me ha tocado vivir en carne propia.
De las miradas curiosas, el acento pasó al hecho de que el canal de Santa Lucía no tiene barreras para "proteger a la gente". Parafraseo: "there are children here they can run into the water and drown, this would be forbidden in Canada...". Sí, bueno, claro, los países anglosajones obsesionados con el miedo y el hiper-orden (aunque solo sea una facha), tienen que dejarle muy en claro a todos los ciudadanos qué deben y qué no deben hacer y pretender que cuidan hasta la variable más ridícula para que su "integridad" no se vea afectada y el ciudadano no los demande. Claro, Canadá y Estados Unidos, porque en U.K. yo no vi semejante obsesión por que el Estado se ocupe hasta de obligar a los vendedores de limón a decir que el exceso puede provocarte gastritis.
En México, para bien o para mal, esas cosas se supone que la gente las debe asumir por lo que se llama sentido común. A eso, añadamos además que la protección que ofrece al Estado mexicano no es precisamente acogedora y los ciudadanos estamos acostumbrados a rascarnos con nuestras propias uñas y a saber que no necesitamos de los políticos para, por ejemplo, que una colonia se organice y tenga vigilancia local o arreglar el parquecito público.
Qué salvaje es México fuera de sus pirámides y tropicales playas, qué agreste cuando se dan cuenta que, tras el libro de "Culture of the Americas", se encuentra un país donde brotan los contrastes más agudos: liberales y conservadores, protestantes y católicos, ricos y pobres, mestizos, criollos e indígenas, norte y sur, Oaxaca y Nuevo León, Tijuana y San Cristóbal, México City y Casas Grandes, desierto y selva, costa y montaña, camión público Mercedes Benz y coche último modelo BMW.
En términos de secundaria y haciendo generalizaciones muy injustas, diría que estos canadienses que vienen a México son unos pinches maricas hipersensibles. Defnitivamente se necesitan muchos huevos para sobrevivir a un país como este donde la noción de lo que es políticamente correcto es tan vaga como el significado de chingar y donde tienes que abrirte paso con garras y dientes. (Aquí, nadie va a considerarte, y si eres de una minoría o te sientes discriminado por lo que sea, a nadie le va a importar: si no puedes defenderte tú solo, difícilmente alguien más lo hará. Y así es como muchos que sueñan con vivir en un país lejano donde les permitan hacer sus experimentos genéticos raros sin ser molestados, terminan desvaneciéndose.)
En términos antropológicos, diría que estos primermundistas son totalmente ineptos para la adaptación, cosa que muy rara vez he visto en los europeos que vienen por acá: en cosa de meses, he visto a franceses y alemanes convertirse en mexicanos honorarios que hacen unas ridiculeces bastante divertidas.
Claro, mucho depende, claro está, de cómo le vaya a uno en la fiesta: es obvio que si llegas a una ciudad como Monterrey, donde la gente es muy individualista y segregadora, a trabajar a un lugar con ñoras y chavas que les encantan los cueros niñitos mis babies ohh, a vivir con una vieja pendeja que habla con la pared y un calor de la verga, la experiencia no será ni para más que para salir corriendo a la vieja matriz de la patria.
Por otro lado, para mí, Canadá, que me parece un país bonito, limpio y lleno de magníficos bosques y cuerpos de agua, no me deja de parecer una república aburrida, ñoña y excesivamente sonriente. Lo peor de todo es que, detrás de esa sonrisa tolerante que acepta al migrante de cualquier pinche hoyo fonki, no he dejado de tener cierto escepticismo. Después de todo, caminar por los alrededores del barrio chino de Vancouver, donde los homeless, los alcohólicos, los beggars y los drogadictos son todos first nations people (así llaman con un maquillado respeto a los naciones indígenas) y donde en la cafetería de la escuela por un lado están los de origen europeo y por otro los de origen asiático, me deja muy en claro que su proyecto de nación no es nada más ni nada menos que una herramienta política más para un territorio con una de las más bajas tasas de natalidad y una de las extensiones más vastas sobre el planeta que, muy pronto, serán perfectamente (?) habitables.